miércoles, 17 de diciembre de 2008

Primer año de gestión de Cristina Fernández

Vivimos un año extraordinario en ejecución de políticas de fondo: ha estado en el centro del debate público en forma constante la redistribución de la riqueza, cosa que no se cuestionaba desde el retorno de la democracia hace ya 25 años por parte de los partidos con representación significativa y capaz de torcer el rumbo de la historia.

Se retomó un debate trunco en los `90, acerca de la conveniencia o no de tener privatizado todo, aún lo que reviste valor estratégico irrenunciable para los Estados-Nación.

Atravesamos una crisis económico-financiera comparable con la de 1930 sin que sus efectos se perciban demasiado en nuestra vida cotidiana, cuando en la década del `90 cualquier caída en una bolsa de cualquier país nos dejaba tambaleando.

Hubo en todo este tiempo firmes convicciones, más allá de la “opinión pública-da” respecto de los temas puntuales: por primera vez en años, no se preocupa el gobierno tanto por lo que dicen los medios y sí por sostener las medidas que cree debe llevar adelante.

Y simpáticas no son algunas de estas medidas. No se me ocurre cómo se podría intentar redistribuir la riqueza logrando consensos. Tal vez, citando al 10% de los que más tienen y diciéndoles que elijan ellos qué sector podría tener ganancias un poco menos impúdicas en pos de reducir los niveles de exclusión. Pero sabemos que no se trata de gentes con tendencia a la solidaridad.

Aún en un tema tan sensible para el pueblo como es el de la inseguridad, se ve una clara posición ideológica y un intento por no caer en el facilismo de aplicar las viejas recetas de “mano dura”.

El anuncio de dar a los jubilados doscientos pesos por única vez antes de las fiestas de fin de año, y el de no computar el aguinaldo en el cálculo de ganancias de los trabajadores también marcan que la Presidenta tiene claro qué sectores gastan lo que ganan en hacer patria, ya que dudo que alguien deposite esa plata en bancos en el extranjero.

En lo político, el panorama sí da que pensar, pero no por falencias del gobierno: por falta de práctica política y seriedad en los sectores opositores.

Una oposición que sólo denuncia en algunos casos pero ante la prensa. Otras que con incoherencia absoluta apoyan lo que no pueden por principios, como fue el caso de ciertos sectores de izquierda con las retenciones al campo. Una derecha sin agallas para reconocerse como tal, y con una serie de personajes tan patéticos. Alguna ex-primera dama que opera de muñeco de ventrílocuo y dice lo que su marido no se atreve. Empresarios exitosos con sonrisa cautivante pero incapaces de, aunque sea, ponerse de acuerdo entre ellos y presentar un proyecto de managment –perdón, de conducción- de los destinos de nuestra patria.

Vendría bien que existiera alguna oposición clara que pudiera ayudar a profundizar los debates. Y eso no le toca al gobierno hacerlo: es responsabilidad de una dirigencia que debe despertarse de su larga siesta y generar opciones para profundizar y optimizar el camino emprendido.

Prof. Delia Añón Suárez


martes, 16 de diciembre de 2008

Evita, símbolo insoportable

Durante la protesta de la Federación Agraria entrerriana comandada por el líder sojero Alfredo De Angeli, en el 25° aniversario de la reimplantación de la democracia, pintaron de negro el busto de bronce de la compañera Evita que se encuentra en la explanada de la casa de gobierno de Entre Ríos. Acción cargada de denso contenido simbólico que expresa cabalmente qué se está dirimiendo en la lucha.
El ser humano no tiene una entidad determinada, fija, lograda, como los objetos. Es constitutivamente incompleto. Nunca es lo que es, siempre es lo que no es, y esto se aplica no sólo al ser humano individual, sino también y esencialmente al colectivo. Todo grupo humano transita el camino de su propia constitución, o sea, el de su identidad, que coincide con el de su propia creación.
La identidad es una tarea y un problema. En realidad, no existe la identidad, sino el proceso de identificación, en el cual juegan un papel fundamental los símbolos que, tanto en la historia del sujeto individual como en la del sujeto colectivo, aparecen hacia atrás como arquetipos y hacia adelante como ideales.
El vocablo “símbolo” tiene su raíz en el verbo griego symbállo, cuya traducción es “echar, poner juntamente, unir”, todo lo contrario de diabállo que significa “desunir, enemistar”. El símbolo une lo desunido, religa lo desligado. El símbolo es religioso o, al revés, la religión es simbólica.
El ser humano tanto en su realidad individual como en la colectiva se siente fracturado, desligado, a causa de lo cual su vida no tiene sentido o, en otras palabras, no logra identidad. La construcción de su propia identidad es, al mismo tiempo, la construcción o reinterpretación de determinados símbolos. Toda construcción subjetiva es al mismo tiempo una construcción simbólica y, como los símbolos son polisémicos y en consecuencia expresan identidades diferentes, en torno de ellos siempre hay una lucha hermenéutica.
Los símbolos se reinterpretan, pero no siempre ello es posible. Ciertos símbolos, debido a determinadas experiencias, a veces traumáticas, no pueden ser reinterpretados. Es el caso de la cruz svástica. De por sí, este símbolo no significa “genocidio”. Es la experiencia traumática del nazismo la que, para Occidente, le dio ese significado que torna imposible su resignificación para proyectos liberadores.
Evita es un símbolo insoportable para determinados sectores sociales que persisten en el gorilismo oligárquico que fue marcado a fuego por la Evita histórica, la del primer peronismo. Es lo que claramente mostraron las huestes del sojero De Angeli al pintar de “negro” el busto de la que fuera la “abanderada de los humildes”. Precisamente los “negros” son los humildes.
Buzzi buscó desligarse de semejante gorilismo, pero en vano, pues ya había afirmado previamente que estaba con la “cara pintada”, cuya finalidad era y es, como lo declaró terminantemente, “desgastar a este gobierno”.
* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Excelente artículo sobre la televisión

La TV que nos desilusiona

El sistema de comunicación es un espacio de la batalla cultural y, por lo tanto, también un ámbito de la política. Y la televisión, un actor siempre protagónico en ese escenario, más allá de cualquier consideración que se haga sobre ella.


Dijo un humorista que el sofá se creó para que todo ciudadano se siente a consumir y contemplar sus posesiones. Y quizá para que ninguna idea revolucionaria le hiciera chispas en su cerebro, otro inventor le puso un televisor delante. Desde entonces, la relación sofá-televisor siempre produce efectos interesantes. Por ejemplo: que haya gente que escuche atenta las críticas cinematográficas del Bambino Veira, o que públicos enormes se pasen horas viendo cómo un grupo de personas mediocres opinan sandeces desde su encierro en una casa imaginaria, o que ansiemos morbosamente que un travesti desafine al cantar y se tire de las mechas con un miembro del jurado que lo descalifica, mientras asistimos a las supuestas guerras de camarín entre cuerpos femeninos saturados de erotismo. Y aparentemente nos enternece ver cómo un conductor hipermediático le habla al oído al perro de un ciego bailarín para luego sacarle la pollera a una corista. También llevamos de boca en boca los temas que la agenda de los noticieros nos proponen, porque “eso es lo que debemos saber antes de salir de casa”, y hasta somos capaces de sentir que al cambiar de canal o apagar la tele, lo que ya no vemos deja de existir, como cuando teníamos cinco años de edad.

Sobre el porqué se han escrito muchos libros definiendo la tevé como la caja boba, el chicle para el ojo, un masaje para el cerebro, y hasta como objeto transicional del adulto, al que le devuelve cierta seguridad ontológica ante el caos externo.

Otros autores nos califican de “homovidens”, transformación del “homosapiens” después de ver el concurso para escalar un palo enjabonado con el fin de ganarse un juego de living.

Pero la televisión es algo más complejo aún, es la difícil articulación de publicidad (recursos), contenidos, tecnología y contexto social, todo eso monitoreado por un software que mide el rating minuto a minuto y lo informa en real time. Y es una industria que ante la ausencia de publicidad, verdadera reina del medio, genera programas baratos y mediocres en todo sentido.

La contabilidad tiene que cerrar y eso si se logra con escándalos o con que Hamlet aparezca con la publicidad de Fate en la espada, todo bien.

Y todo esto, además, para lograr que se entretengan millones de albañiles, amas de casa, mecánicos, dentistas, economistas, cartoneros, obstetras, filósofos, que tal vez estén deprimidos, algo frustrados por el sistema que los contiene, y supliquen por tres horas para no pensar en nada.

El no pensar en nada incluye no sólo expulsar de nuestra mente las contradicciones sociales del sistema; es también generar el olvido o la negación de nuestra propia insatisfacción por un rato. Con una ventaja, cuando vemos algo que no nos gusta cambiamos de canal y listo, e igual que un niño de cinco años cree que si su mamá sale del campo de visión desaparece, también nosotros fantaseamos que la guerra de Irak se termina al apretar el control remoto y poner a Los Simpson.

La tele brinda eso, una gratificación virtual sin pagar los precios rotos. Por un lado nos mete en la vida ajena de famosos (que se hicieron célebres por cualquier cosa menos por algo valioso para la sociedad) y en este sin límite de lo público y lo privado nos muestra las toallas sucias, las caries mentales de los triunfadores. Y saber que ese alpinista manco que escaló el Everest en 24 horas...le pega a la mujer cuando llega nos brinda un mensaje restaurativo. Es decir, nosotros fracasamos pero ellos, los que nos muestran la falta, son peores.

Ante esto, un periodista de espectáculos, que tuvo que aprobar treinta materias para después dedicarse a criticar las charlas de Wanda Nara en los famosos almuerzos de televisión, siente que en algo la vida lo estafó.

Y lo peor es que no tenemos respuesta para su desilusión estructural. Lo popular siempre será incomprensible para la razón pura. Sintetizando, McLuhan escribió: el medio es el mensaje. Y Enrique Lynch completó: la televisión es el espejo del reino. Me quedo con estas dos frases. Les sugiero olvidar todas las demás.

* Guionista, periodista, docente Univ. de Morón-ISER.

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