jueves, 5 de agosto de 2010

Alta política

Por Delia Añón Suárez:

La vuelta a lo político parece estar acorralando fiero a quienes se pusieron a navegar en estas aguas convencidos de que las ideologías estaban muertas, y que estar en la función pública requería sólo de saber gestionar.
Siempre guiados por su instinto gorila que les indica que el pueblo es zonzo y se equivoca, creyeron que indefinidamente se seguirían acompañando sus desfalcos al Estado, su pésima administración que dejó diezmado el patrimonio nacional.
Aún sectores del movimiento de masas más trascendente que dio nuestra Patria compraron –o se vendieron- ante esta ola globalizante que nos quería hacer creer que el ejercicio de la soberanía política había caído en desuso. Como si se tratara de una moda. Olvidaron que “el Peronismo será Revolucionario, o no será”. Salvo que interpretaran a su estilo de librepensadores, que para el Peronismo gobernar para los poderes era en sí una revolución. Capaz, no se bien por qué caminos transita el pensamiento de esa gente.
Lo cierto es que por estos días se ve a una oposición desesperada por hacer pie en un contexto en el que resulta complejo. Porque la gente no come vidrio. Porque la derecha no puede siquiera intentar correr por izquierda al gobierno. Porque la izquierda queda muy miserable mostrándose capaz de coincidir con los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad.
Entonces, una recorrida por los noticieros, por ejemplo, nos resulta tan desopilante por los absurdos como para generar gracia, sorpresa, vergüenza ajena, miedito.
Gracia causa por ejemplo, ver cómo el macrismo está sorprendido de que la utilización de recursos del estado para espionaje sea un delito grave. Luciendo como alguien dijo una “pérdida del equilibrio semántico”, sus adherentes, con caritas de nosotros-no-sabíamos-y-no-fuimos, dejan claro para la mayoría (¡espero!) que si no saben ciertas cosas básicas de la función pública mejor se queden en sus empresas, donde sí pueden hacer lo que les place.
Sorpresa ver que periodistas que prometían desde lo ideológico y desde lo intelectual sean tan mediocres como para acusar a un filósofo de la talla de Feinmann de “ser K”, demostrando una absoluta incapacidad para argumentar algo serio. La negación del debate ideológico que la realidad nos permite darnos hoy es imperdonable e inadmisible, sobre todo cuando proviene de quienes clamaban hasta hace poco por la definición de un rumbo que apuntalara la inclusión. La deshonestidad que exhiben impúdicamente al ni siquiera nombrar los logros del actual proyecto en semejante contexto de crisis internacional remite a la sensación de acorralamiento que menciono al empezar.
Vergüenza ajena ver a mujeres de militares encadenadas, sosteniendo que sus maridos son presos políticos. Mostrando una permanencia en la ignorancia y la falta de reflexión que resulta patética. A estas alturas seguir defendiendo la apropiación de niños, la desaparición, la tortura, el robo de bienes, parece surrealista. Tan surrealista como que se reconozcan cristianas. O como que acepten seguir compartiendo sus vidas con delincuentes. O que compartan la ideología de esos delincuentes, convirtiéndose en abanderadas de la apología del delito.
Y miedito… así, en diminutivo. Porque reitero que creo firmemente en que los pueblos no se equivocan.
Miedito causan los dirigentes políticos o sectoriales que afirman barbaridades como que van a dejar desde el Congreso sin presupuesto al gobierno. O que anuncian que el pueblo está siendo armado. O que emboscarán a dirigentes rurales. O que si ellos acceden al poder Videla quedará perdonado, porque “hay que pacificar”. Esa actitud mesiánica de creerse capaces de perdonar da mucho miedito.
El mismo miedito que causa escuchar análisis que concluyen que si retrocedemos teniendo un gobierno ultra autoritario y de derecha estarán –por fin- dadas las condiciones indispensables para una revolución socialista… que pagará con su hambre y su sangre un pueblo cuya felicidad tampoco es tenida muy en cuenta por alguna progresía local.
Pero, bueno, hoy la realidad causa gracia, sorpresa, vergüenza ajena o miedito… Hasta no hace mucho, sólo causaba asco.

Prof. Delia Añón Suárez

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